domingo, 27 de diciembre de 2009

Seriales

Siempre se regresa a esos grandes films. Ayer vi de vuelta (¿y cuántas veces la habré visto ya?) El silencio de los inocentes, la peli de Jonathan Demme protagonizada por Anthony Hopkins (en el mejor papel de su vida) y Jodie Forster. Una chingonería, según me contó Ernán que se debe decir sobre las cosas buenas (decir "chingada" es adjetivar malamente, decir "chingonería" equivale a un escándalo de virtudes). Un gigantesco personaje: el doctor Hannibal Lecter. Un genio del mal. El hombre que todos querríamos llegar a ser, pero jamás nos animaremos. El que amamos con devoción. Un asesino serial autoconciente y que, además, es capaz de bucear en las profundidades del espíritu, extraer lo peor de él y regresar a la superficie, níveo, puro, terrible. "La verdadera función de los asesinos seriales -dice Rodrigo Fresán en el prólogo de Hombres de paja, que acaba de publicarse en Roja y Negra, la colección que dirige en Mondadori-: ser la encarnación tangible de un Mal Absoluto que acaso nos permita creer en la existencia cierta de un Bien Eterno y acaso triunfante al final de la Historia y de la historia". ¿Demasiado metafísico? Quizás. Sin embargo, el Mal se corporiza en el asesino en serie: matar por el placer de hacerlo, asesinar con método y sofisticación por cierto regodeo en la elegancia. Digo: elegancia. ¿Hay algo más elegante que comerte el hígado de un enemigo con garbanzos y un buen chianti? Recuerden esta escena.



En un momento, un policía le pregunta a Clarice: "Dicen que es una especie de vampiro, ¿es así?". Ella le responde: "No hay una definción para lo que él es". Los asesinos en serie convocan nuestros miedos más intensos, a la vez que interrogan acerca de los límites y el traspasar los límites del ser humano. ¿Qué sucedía en el cuerpo y en la mente de Jeffrey Dahmer cuando mataba a esos adolescentes y después comía sus vísceras? ¿Qué dolor y qué furia atravesaba a John Wayne Gayce, el payaso asesino, al matar a los púberes con los que había tenido sexo en la clandestinidad (hay una canción hermosa de Sufjan Stevens inspirada en él)?


John Wayne Gayce animando fiestitas infantiles a través de su personaje Pogo. Se encontraron 39 cadáveres de niños y adolescentes enterrados en su jardín.

¿Y "El hijo de Sam", Davis Berkowitz, a quien un perro le indicaba cuando debía salir a matar durante el ardiente verano neoyorquino de 1979? El asesino serial adquiere mayor complejidad a medida que el capitalismo avanza y es, tal vez, uno de sus síntomas más macabros. Se calcula que en los Estados Unidos hay, en este momento, alrededor de cien asesinos seriales sueltos. Algunos tienen un proceso febril de actividad continua. Otros espacían sus crímenes hasta en años. La myoría se desactiva al llegar a la madurez. O se suicida. En El silencio de los inocentes se narra la cacería de Buffalo Bill, un hombre que secuestra muchachas gruesas para quitarles la piel y hacerse un vestidito. Miren esta escena genial: "It rubs the lotion on the skin", le indica a su víctima, a quien objetiviza, claro.


Gran interpretación la del actor que hace de Buffalo Bill. Pero es innecesario decir que la dupla Hopkins-Forster se lleva todos, pero todos los aplausos. La tensión en cada encuentro -una tensión que no evita lo sensual-, el contrapunto constante, el flirteo, la psicopatía: qué linda relación. Sin embargo, no es el único amor que ronda la película: en realidad, Clarice está completamente seducida por su jefe, Jack Crawford, personaje inspirado en John Douglas, el hombre que lo sabía todo acerca de los asesinos seriales en el FBI. Es más: en la escena final están los dos nerds que identifican a esa mariposa nocturna asiática que colecciona Bill -uno de ellos se había tirado un lance con la detective-. De cualquier manera, el brillo en los ojos de Lecter y el temor frío de Sterling marcan una de las formas, raras, del amor.



Gran película, gran final ("Debo cortar porque un viejo amigo viene para la cena", dice, genial, el gran Hannibal Lecter desde Jamaica). Siempre se vuelve a estos films porque de ese modo es posible pensar que nos hemos sumergido, de alguna manera, en el espacio que jamás querríamos habitar pero que, de todos modos, seduce por su desmesura. El Mal Absoluto hecho hombre. Que puede ser, ahora mismo, el vecino que vive en esta misma calle. Pavada de temor.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Zona Rojas Cuatro: agreste

El conflicto agrario sigue dejando huellas en la sociedad. Tanto que hasta un chanta escribe libros de autoayuda para empresarios basándose en su experiencia de agrogarca. Expropiación ya de todos los bienes de la Sociedad Rural. Para ver un poco más, un nuevo episodio de Zona Rojas, grabado en la cuyana ciudad de Mendoza.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Una canción en Casablanca

Una de las pelis que veo por lo menos una vez por año es Casablanca. De sólo pensarla obtengo una sensación de lo inconmesurable (aunque sea descriptible, aunque se pueda contar; me refiero, tal vez, a los sentimientos que este film convoca). Todos conocen el argumento: Rick es el dueño de un café y casino instalado en Casablanca, Marruecos, que -aunque bajo el control de Vichy- es comandada por el oficial Renault, un tipo corrupto que permite a los perseguidos hacer mientras él no se dé cuenta (aunque tal vez sí su bolsillo). Hacia allí parten refugiados de toda Europa con la intención de obtener un salvoconducto que los lleve a los Estados Unidos. Tierra de contrabando, de mixtura euroafricana, exotismo y aventura. Rick dice, más o menos, que su única causa es él mismo, pero luego se devela que tuvo alguna participación en la guerra civil española. Un día llegan al Rick's Cafe el activista Victor Lazslo (¡qué nombre!) acompañado de una bella mujer, Ilsa Lund. Pronto el espectador comprende que Ilsa fue (es) el gran amor de Rick. Un flashback (seamos piadosos con la tecnología de entonces) narra su amor en París. Ellos buscan un salvoconducto, los nazis los persiguen, Rick debe decidir si sigue a su corazón y pelea por Ilsa o si los ayuda a abandonarlo, tal vez para siempre: si se arriesga a perder una vez más a esa mujer. Ahhh, el amor, el amor, el amor.
Es una peli para emocionarse todo el tiempo. Una de las partes que más me gusta (y en la que no puedo evitar llorar a mares) es aquella en la que el público del Rick's Cafe le canta la Marsellesa a los nazis. Gran momento de la historia del cine.
Se dice que entre los actores de esa escena había verdaderos refugiados del nazismo. Miren esos rostros, esa emoción, el desafío de batallar contra la opresión también cantando (noten también la mirada de Ingrid Bergman hacia Lazslo: he allí también porque Ilse lo ama).



(ACTUALIZACIÓN: youtube no permite insertar este fragmento, pero les dejo el link para que vean esta gran escena: http://www.youtube.com/watch?v=m8RfxN0X0HA )

La Marsellesa es también nuestro himno. Es un canto de guerra: "Contra nosotros la tiranía eleva su estandarte sangriento... A las armas, ciudadanos, formen los batallones, marchemos, marchemos, que esa sangre impura empape nuestros suelos" (la sangre de los tiranos, ¿no?). Es la canción de nuestra era y de la próxima también. En octubre del '17 los guardias rojos cantaban La Marsellesa, cuenta Trotsky, mientras realizaban las guardias del día después de la toma del palacio de invierno. Es también nuestro himno. Y Casablanca es también nuestra película.

domingo, 20 de diciembre de 2009

zona rojas tres. no es la vencida.

Un nuevo capítulo de la serie sobre libros buenos y libros malísimos.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Intercambio epistolar




La parodia del comisario político de la literatura contemporánea argentina envió una carta al correo de lectores de Veintitrés. Yo le respondí.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Zona Rojas II: La hija de Zona Rojas

El segundo capítulo de la serie creada por Pablo Sigal y Diego Rojas. En esta entrega: Mariana Enríquez y el Kamasutra católico.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Zona Rojas

Un sábado a la tarde puede ser divertido.

martes, 24 de junio de 2008

Freaks


Hablando del asunto, hace poco tiempo volví a ver Freaks, la peli de 1928 de Todd Browning. Es genial. Y única. Ya lo habían advertido sus realizadores en el prólogo del film: "nunca más habrá una película igual a esta", decían, o algo parecido. Tenían razón. Los circos de fenómenos desaparecían, así como algunas malformaciones que encontraron manera de revertirse. La película es el testimonio de un tiempo, realizado con potencia cinematográfica, poesía y cierto pavor. Además de enorme fuerza política, leída desde nuestros días. En la foto, el director junto a algunos de sus protagonistas.
La película narra la vida en un circo de fenómenos: hay lilliputienses, gigantes forzudos, mujeres barbudas, hombres sin extremidades, hermafroditas y muchos otros más -no sé cómo llamar, por ejemplo, a las niñas que posan junto al director, de cabezas ovaladas y puntiagudas-. En el film, los protagonistas se se hacen cargo de su rareza y la exhiben con orgullo. Cuando la bella trapecista se casa por conveniencia con el lilliputiense Fritz, todos festejan e incluso la reciben como a uno de ellos. Cuando el engaño se descubra, la venganza será feroz -y ahí reside su potencia política: la unión de los marginales, la violencia feroz cuando las cosas sobrepasan ciertos límites sobre los desheredados de la tierra-.
El momento clásico por excelencia de Freaks se produce en la escena del festejo de la boda. Ahí los "raros" le dan la bienvenida a la nueva esposa de su par. Es, en cierto modo, escalofriante. En otro, muy feliz. En definitiva, esa combinación es lo que produce la actualidad de la extrañeza de esa película. Abajo, la escena mencionada.

Ascenso y esfumación de una Victoria Ocampo con pantalones

Una Victoria Ocampo con pantalones –y un poco freak–. Así califiqué a Gabriel Guralnik hace mucho tiempo en una columna pulicada en la revista eñe. Fue, durante un tiempo, una rara avis, un objeto volador no identificado en el campo de las letras. Provenía de las ciencias duras: era un investigador informático de gran éxito y pesadas billeteras. Había vivido en Japón y sentía fascinación por todo lo que el futuro prometía -él ayudaba a acelerar los tiempos-. Esa inclinación hacia los tiempos por venir también repercutía en sus preferencias literarias. Guralnik era un fan absoluto de la ciencia ficción y del género fantástico -clasificación que conllevó, en algún momento, sesudas discusiones sobre su pertinencia-. No sabía cómo combinar los tiempos que le llevaba el desarrollo de las artes computarizadas con sus gustos de lectura. Fue así que un día decidió dejarlo todo en pos de la literatura. Creó Ciudad de arena, una fundación dedicada a la difusión del género fantástico. Se rodeó de los cultores de la tendencia, que pronto excedieron esos límites, y llegó a amplios sectores del campo escritural argentino. En 2004 fue el impulsor de uno de los últimos grandes proyectos que incluyeron a grandes grupos de escritores. Organizó el "Viaje al centro de los confines", una travesía en el Tren Patagónico que unió la ciudad de Carmen de Patagones con Bariloche en tres jornadas. Los vagones estaban llenos de escritores de toda laya. Había también un grupito de estudiantes secundarios destacados de Capital y de Río Negro. Estaban Alberto Laiseca, Ani Shua, Carlos Gamerro, Elsa Drucaroff, Bebe Kamin, Mariana Enríquez, Pola Oloixarac, Hugo Salas, Lucía Gálvez, Rafael Pinedo, Carlos Gardini, Liliana Díaz Mindurry y Pablo Capanna, entre otros. Hubo tertulias, debates, whiskys y vinos. En cada parada Laiseca narró sus relatos de terror como sólo él sabe hacerlo -también dio rienda a su pasión juvenil, como tantos-. Hubo noche de boliche en Ingeniero Jacobacci, pueblo donde sus habitantes abrieron la puerta a los escritores que se habían quedado sin lugar en el hotel. También hubo una rebelión, conocida como el alzamiento por la Foto en la Nieve cuando Guralnik comunicó a la asistencia que apenas llegados a Bariloche debía tomar el micro de regreso. No fructificó, sin embargo sus impulsores pudieron mojar sus manos en las heladas aguas del lago Nahuel Huapi. Creo que fue una de las experiencias más lindas que viví.
Más tarde, la fundación realizó algunos encuentros de creadores, impulsó la salida de una recopilación de cuentos y bancó una página web dinámica en cuanto a la difusión de literatura. Guralnik recibía a escritores, los escritores acudían a él. Pero la literatura no paga, según cuentan. Sobrevivió dos años más. Los almuerzos que propiciaba esa Victoria Ocampo con pantalones, con una mirada fija, intensa detrás de unos gruesos vidrios, se espaciaban cada vez más. "¿Y de Guralnik qué se sabe?", era una pregunta recurrente -aunque cada vez más distante- en los encuentros que había en el campo cultural. Dicen que volvió a la computación, a los sistemas. Nadie sabe mucho más de él.

lunes, 23 de junio de 2008

Merienda

Nunca fui de tomar merienda. Es decir, esa celebración de chocolatada, galletitas y programas para niños con el sonido al mango de la tevé. Debo decirlo: era un niño aburrido. A mí me bastaba con un té.
Sin embargo, esta tarde acompañé al Capitán Intriga y sus amigos para revivir aquellos viejos tiempos. El convite consistía en que cada asistente preparara algún manjar de repostería y se dispusiera a pasar una tarde gris de domingo como si fuera un mozalbete frente a Flavia Palmiero y su ola verde. En la pantalla gigante de la Casa Brandon se podían celebrar las imágenes de Mazinger Z, Robotech, Los Pitufos, Meteoro y muchos otros ídolos de nuestros ya aquellos viejos tiempos. Mientras tanto, para no caer en el revival sin ton ni son, Martín Crespo, quien organiza las fiestas Compass, oficiaba de contemporanísimo di yei.
La asistencia llenó las instalaciones de la casita de Villa Crespo. ¿Cómo definir a los amigos del Capitán -amigos, digo, sin que esto implique que el anfitrión conociera a cada una de las visitas, ya que la convocatoria había sido lanzada desde su visitado blog-? Son gente joven, de entre veinte y pocos treinta, modernitos modernos modernosos, no confrontativos, alegres, danzantes, cultivadores de la amistad, de gran ingenio, altamente despolitizados, de lindos raros peinados nuevos e ídem vestimentas, amables, desquiciados por el diseño, bloggers, lectores de blogs, ¿lectores de libros?, adoradores de las formas infantiles, desprejuiciados, de bastante buen pasar económico, geeks, amantes de los sonidos indie y de las celebraciones que se gestan en los márgenes de todos los palermos. Gente linda que concurre un domingo de invierno a tomar la chocolatada con amigos nuevos.
Por ahí andaba Daniel Molina, como siempre, atento a lo que anda pasando en el mundo. Cuando Intriga anunció los ganadores del concurso -porque, claro, la gran cantidad de manjares debía ser degustada por la asistencia- habían pasado tres horas de amena reunión y la gente de la casa necesitaba despejar el lugar para alguna otra de sus innumerables actividades.
Yo, que amo el frío, me fui a caminar por ahí, por el Parque Centenario, antes de meterme en un bar para esperar a F., mientras la taza de té caliente me calentaba los dedos.